miércoles, 8 de julio de 2009

Inercia. Por Fufis Raskolnikov (Luis F Pérez)

“Inercia. Todo dura siempre un poco más de lo que debería.”Julio Cortázar

Y le dolía el alma. Para rematar todo, le dolía el alma. Perfecto, entonces absolutamente todo lo que podía salir mal iba, efectivamente, mal. Murphy, el desgraciado la hizo bien. Nos jodió a todos con esa ley innecesaria. Antes de él, las cosas que podían salir mal no siempre salían mal, pero después de él las cosas siempre saldrán mal.

Giró a la izquierda en la esquina. Hacía rato que estaba dando vueltas alrededor del centro, en parte porque aún no lo sabía, en parte porque le temía un poco a ese territorio desconocido. Encendió un cigarrillo con el pucho del pasado. Seguía caminando por la simple pereza de detenerse. En lo que respecta a su mente, estaba masticando, rumiando todo cuanto podía abarcar, tanto consciente como inconscientemente. Cada vez se sentía más carente de impulso, de motivación y sin embargo sabía que debía continuar. No podía oponerse a las reglas, él no era ningún genio para lograr quebrarlas. Cambió de acera, y entró a un bar.

No había necesidad alguna de beber. El trago no tenía nada que ver con su situación, y definitivamente no la iba a afectar en forma alguna. Entonces, ¿por qué beber? No sabía, tal vez alguna ley estúpida que se inventaron para dañarles la vida a más personas, alguna ley bajo la cual se regía su vida. Ordenó una cerveza. A estas alturas de la noche (y de la vida) su mente había perdido toda capacidad de raciocinio, estaba hecho un zombi de la sociedad, de su pasado, y de las cosas que siempre lo han rodeado, en general.

A la octava cerveza las cosas seguían igual, solo que totalmente fuera de foco. Tal vez era también porque hacía poco había perdido sus gafas. Qué cosa tan carente de sentido, emborracharse cuando las cosas van mal. Otra imposición social totalmente inútil, que seguía sin siquiera preguntarse el por qué. Agh… esa constante necesidad de las personas de intentar entrar en la cuadrícula para no llegar al último aliento sabiendo que siempre han estado solas, buscando refutar inútilmente la ley que dicta que la soledad es la condición natural humana por excelencia.

Tiempo después, cuánto -no se sabe-, le pidieron dinero a cambio del trago. Las reglas del trueque no habían sido establecidas, lo cual es totalmente injusto. <>. Aguantando frío, sin un solo peso ya que lo último que tenía se lo habían arrebatado, siguió caminando, sin poder frenar aún ese impulso de moverse con las cosas, pensando y destruyendo su cabeza al mismo tiempo, mientras que intentaba recordar el por qué de su situación del momento.

Sin saberlo, sus leyes mentales, sus pasos, su vida entera lo llevaban en su deambular sin destino, se movían con él. Y aunque no era consciente de ello, iba hacia el centro de la ciudad. Tambaleándose, en medio de un callejón vacío, se detuvo debajo de una lámpara fundida, en un parche oscuro de la calle. Empezó a dejarse llevar por el vértigo cuando lo golpeó la idea. Pues claro eso tenía que ser el centro: el rincón oscuro rodeado de luz, el corazón solitario rodeado de masas, el frío que te entra hasta los huesos. Infinitas posibilidades de no hacer nada, de no ser nada.

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